El templo del Dios Descendente

Hace muchos, muchos años, existió a una ciudad mágica arropada por el verde esmeralda de la selva y el azul turquesa de las aguas del mar Caribe. Los mayas la llamaron Zamá, que significa “amanecer”.

Tulum, la antigua Zamá (La vuelta al mundo en 80 mitos)
Tulum, la antigua Zamá (La vuelta al mundo en 80 mitos)

Zamá se construyó alrededor de una torre astronómica, con salas de espejos cóncavos de obsidiana para proyectar el paso del cielo y rescatar la escritura de las estrellas. Afirma Waldemar Verdugo que fue una escuela de astronomía a la que llegaron a asistir nobles aztecas, zapotecas y de otras casas reinantes en su época de esplendor, que tuvo lugar desde el año 900 hasta la llegada de los conquistadores europeos.

Y para aquellos que persiguen misterios en las estrellas, Verdugo recoge incluso el testimonio de algún lugareño que narraba como en esta ciudad mágica buscaron refugio aquellos sacerdotes mayas “que no quisieron ser arrancados desde el cielo”.

El templo del Dios Descendente, en Tulum (La vuelta al mundo en 80 mitos)

Lo cierto es que la ciudad ubicada en el actual estado de México todavía estaba habitada en los primeros años de la colonia española, aunque a finales del siglo XVI sólo las iguanas habitaban entre sus muros. El tiempo hizo que la ciudad quedase abandonada, que sus piedras cayesen y sus magníficas construcciones se derrumbasen. Y los nuevos mayas, que ya apenas recordaban el esplendor de sus ancestros, cambiaron el nombre de la ciudad y la llamaron simplemente Tulum (Muralla), en alusión a las ruinas que quedaban diseminadas entre el mar y la selva.

El misterio del Dios Descendente

La ciudad de Zamá fue un importante centro de culto del llamado  Dios Descendente, una antigua deidad  venerada entre los Mayas de la costa de Quintana Roo, especialmente en los complejos de Tulum y Cobá, así que hasta allí encamino mis pasos para poder sentir los restos de su poder.

El templo del Dios Descendente en Tulum (La vuelta al mundo en 80 mitos)

Decenas de iguanas me muestran el camino hacia el templo del Dios Descendente entre las ruinas de Tulum, un edificio cuadrangular de una sola habitación en donde se ubica un nicho con la misteriosa figura esculpida sobre la única puerta orientada hacia el Oeste. El lugar donde el sol se pone, El lugar donde viajan los muertos.

El Dios Descendente (Tulum)

Allí, en ese dintel, nuestras miradas se cruzan por primera vez. El Dios Descendente recibe ese nombre porque, aunque se desconoce su verdadero apelativo, parece que está cayendo desde algún lugar que ignoramos. Tiene la cabeza boca abajo y los pies hacia arriba, y se representa con el rostro de frente y el cuerpo contorsionado, con las manos colgantes y las piernas flexionadas.

Poco más se sabe sobre él, y mucho lo que se le supone. Algunas investigaciones lo asocian a la lluvia que cae, al rayo de la tormenta, al sol del ocaso o a la estrella de la mañana, ya que en el códice de Dresde este misterioso dios tiene como cabeza un signo asociado a Venus. No sería extraño si tenemos en cuenta que los astrónomos mayas observaban a Venus en sus dos manifestaciones, tanto como estrella matutina como estrella vespertina.

Cobá, el templo de la pirámide

Después de llenarme los ojos de mar y de selva y de sentir la magia del pasado en los pulmones decido emprender un nuevo viaje, aunque esta vez mucho más cercano. Para seguir las huellas del Dios Descendente tengo que desplazarme unos cincuenta kilómetros hasta Cobá, una ciudad maya devorada por la selva de la que solo ha podido rescatarse un cinco por ciento.

La caminata en plena jungla hasta llegar a la ciudad es pesada, y   el calor húmedo de la selva aprieta, así que decido alquilar una bicicleta para llegar con fuerzas a Nohoch Mul, la cima del mundo maya, la pirámide del Dios Descendente.

Nohoch Mul , la pirámide del Dios Descendente, en Cobá (La vuelta al mundo en 80 mitos)

Sé que las fuerzas me van a hacer falta, porque si quiero contemplar de nuevo el rostro contorsionado de este dios ignoto tengo que ascender, ayudada por una cuerda, los 42 metros de altura de la pirámide de Nohoch Mul, 120 escalones de piedra erosionada que ascienden desde el verde selvático hasta el azul del cielo.

Cuando consigo llegar arriba, resollando, encuentro un pequeño habitáculo. Un habitáculo sagrado. Y en el dintel de la entrada puedo mirar de nuevo cara a cara su rostro mientras recupero, poco a poco, la respiración.

El templo del Dios Descente, en lo alto de la pirámide de Cobá (La vuelta al mundo en 80 mitos)

Y aquí, tocando el cielo con mis manos, descubro otra pista: el dios ignoto de Cobá, en su momento, estuvo pintado de azul (el color reservado a los dioses y con el que se representaban también los trece cielos) y  de rojo (el color de los vivos, de la sangre y de la carne).

Desde lo alto de Nohoch Mul, en Cobá, se entiende mejor quien era el Dios Descendiente (La vuelta al mundo en 80 mitos)

Quizás el Dios Descendente unía los tres estadios del universo:  Lo divino con lo humano, y lo humano con el inframundo. Un dios casi ignoto con el mismo papel que los árboles sagrados cuya copa toca el cielo y cuyas raíces se hunden en los abismos de los muertos. Un dios al que los hombres intentaban contentar con ofrendas y sacrificios.

O quizás, como tantos otros dioses mitológicos, simplemente, fue un dios que cayó del cielo, un dios que terminó uniéndose  a los hombres y  que vivió durante un tiempo entre ellos,  antes de regresar a su mundo y quedar para siempre enraizado en la memoria ancestral de los pueblos perdidos.

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