Carmona, entre anjanas y brujas

– Aquí, hasta hace bien poco, andaban por el pueblo las brujas y las anjanas.

En la posada del Puente, después de meterme entre pecho y espalda uno de los mejores cocidos montañeses que he probado en mi vida, llega la hora del café y de la sobremesa, y los paisanos que van pasando por el local van cogiendo confianza y empiezan a contarte historias maravillosas, porque en el precioso pueblo de Carmona, en el cántabro valle de Cabuérniga,  aún pervive el recuerdo de las anjanas y de las brujas, que hasta pocos años eran parte del pueblo.

Las puertas se protegen en Carmona. Por lo cristiano o por lo pagano, pero se protegen.

Y parte del pueblo se siente también a Manuel Llano, folclorista de principios del siglo XX que nació aquí porque sus padres aquí vivían, aunque una nevada y una historia rocambolesca hizo, según cuentan en Carmona, que terminase inscribiendose como recién nacido en el cercano pueblo de Sopeña.

Casa de Manuel LLano en Carmona (Cantabria)

Sin embargo, el escritor costumbrista recogió por escrito el mismo folklore a que a día de hoy me narran sus vecinos, la maravillosa realidad mágica de los valles cántabros.

Las anjanas hambrientas

Y precisamente es Manuel Llano quien  describe a las anjanas  como seres femeninos de largas trenzas adornadas con lazos y cintas de seda, ceñidas la cabeza con hermosas coronas de flores silvestres, vestidas con finas y largas túnicas blancas que cubren con capas azules, y que llevan en sus manos  una vara de fresno o espino, o una pica dorada, con la que golpean para hacer sus encantamientos a modo de varita mágica. Tienen una piel blanquísima y pueden convertirse en personas, árboles o animales.

Generalmente son seres bondadosos que amparan y ayudan a los necesitados y a los afligidos, que habitan en grandes palacios subterráneos, ocultos en torcas y cuevas y en fuentes y ríos, donde guardan magníficos tesoros que a menudo utilizan para tentar y castigar a los codiciosos y soberbios, o para favorecer a los humildes de buen corazón.

Sin embargo, las anjanas de Carmona parece que fueran los últimos resquicios de esta raza feérica  en decadencia, últimos ejemplares de unos seres que han perdido la elegancia de las hadas y la riqueza de las encantadas, y que ajadas y empobrecidas, llegan a estar incluso hambrientas.

Y es que según me cuentan en el pueblo las anjanas de Carmona tenían un solo pecho, pero tan  enorme que se lo echaban hacia atrás para que no les molestase al andar. Vivían por los castros celtas que hay en los alrededores y en la cueva de las Anjanas, en la Peña la Mena.

La peña de La Mera, en Carmona, donde habitan las anjanas

Cuando la gente se iba a misa, las anjanas bajaba de los castros y robaban las boronas, las tortas de maíz que la gente dejaba en el horno, hasta que la gente del pueblo se cansó y decidió  un domingo hacer tortas de barro, de tal manera que las anjanas se quemaron al guardarlas en su seno, y salieron escopetadas hacia los castros  y no volvieron a bajar a robar nunca más.

De brujas, carneros y chivos cornudos

Las brujas de Carmona vivían en el mismo pueblo.  Eran vecinas, y todo el mundo sabía quiénes eran y lo que hacían.

Las brujas andaban de gatos –me cuentan en la posada- y  les gustaba ir por la noche metiendo ruido con las panderetas y castañuelas, y arañaban las campanas y tocaban las tarañuelas por las chimeneas. También detenían los bueyes y los carros para que no pudiesen pasar por los vados, y quedaban a las vacas “duendas”, es decir, encantadas, por eso en el establo, en una esquina, ponían un barreño con agua bendita y con laurel y se asperjaba a las vacas.

Las brujas de Carmona se convertían en gatos

A las brujas del pueblo se les tenía respeto, cuando no miedo. Y aún se recuerda como la última descendiente de la familia de las brujas sabía fácilmente cuando una mujer estaba embarazada, a veces incluso antes que la futura madre.

Pero las brujas más antiguas daban más miedo, porque se transformaban en animales, a veces incluso delante de sus parientes.

Mi abuela y algunas mujeres (todas de la misma familia) iban en primavera al invernal a guardar las vacas, y como es un lugar que está bastante lejos   (que se llama Meanillo) en lugar de bajarse a casa se llevaban algo de cena y se quedaban allí a pasar la noche. Allí ordeñaban a las vacas, hacían tortas de maíz y pasaban la noche.

   Y había una, cuyo nombre omito porque todavía quedan descendientes, que era bruja, y una noche se convirtió en gato, y comenzó a saltar de viga en viga, dando alaridos  y colgándose de con las uñas de las vigas.

“Asosiégate, por dios, que si no esta noche acabas con nos”-  le decía mi abuela a su amiga la bruja- “asosiégate, que si te mato de gata no hay cargo ninguno”.

Y  entonces  por fin se bajó de las vigas,  pero después se hizo carnero y berreaba, y le contestaban a lo lejos todos los carneros de la zona. Y el carnero levantaba la pata y señalaba para que miraran fuera, y entonces vieron en el horizonte como salía un chivo corriendo, que lo veían recortado en la luz nocturna de la luna, que con sus cuernos embijorcaba la luna, la cogía entre los dos cuernos y saltaba , y se levantaba y se ponía de pie con la luna entre los cuernos, y bajaba  el valle y volvía a subir , y corría de un lado a otro  por todo el collado, llevando a la luna cogida en los cuernos…

En Carmona empieza a atardecer. Por la ventana de la posada las casas de piedras oscurecen, los perfiles de las macetas se desdibujan, las montañas se ensombrecen. Y es difícil discernir en ese  instante si el gato tuerto que camina meloso por el alfeizar es  bruja conocida o anjana anónima.

La luna sale, redonda y clara, en el fondo del valle, bendiciendo a los pueblos que aún creen en su magia y me parece ver recortarse, bajo ella, dos cuernos de chivo que la abrazan.

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