La misteriosa dama de la catedral de Burgos

Cuando el viajero se adentra en la catedral de Burgos todo le queda grande, y la atmósfera gótica te aprisiona dulcemente para hundirte en un estado semialterado de conciencia.

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En la catedral de Burgos la conciencia entra en un estado especial (La vuelta al mundo en 80 mitos)

Todo el entorno se alía para acunarte hacia un mundo sagrado y sobrenatural: extraños colores que se filtran por las altas vidrieras, arcos apuntados, oníricos rosetones y flamígeros pináculos. No es difícil imaginar entonces, caminando por sus impresionantes salas, al doliente monarca Enrique III acudiendo de incógnito, un día cualquiera del siglo XIV, a rezar por sus males del cuerpo y por la salud de su alma.

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Enrique III El Doliente, haciendo honor a su apodo.

Ese día cualquiera, el rey se fija en una bella joven que reza cabizbaja ante la tumba de Fernán González. Se detiene a contemplarla. La joven levanta la cabeza, sus ojos se encuentran y sus labios se sonríen. La joven, turbada, sale de la iglesia. El monarca la sigue hasta su casa.

Esta misma escena comienza a repetirse día tras día, hasta que en uno de ellos la joven, cansada de este verse y no hablarse con el joven desconocido, decide dar un paso más allá y deja caer su pañuelo al suelo. El rey lo recoge y con apasionado gesto lo guarda en su pecho, mientras tiende el suyo propio a la silenciosa joven, que lo recoge con entristecido semblante, mientras emprende, una vez más, el camino hacia su casa.

Ese fue el último día en que se vieron bajo las cúpulas de la catedral. La joven no volvió a aparecer, aunque el rey regresaba diariamente y dirigía sus entristecidos ojos hacia la tumba de Fernán González, con la vana esperanza de encontrar a la joven arrodillada ante la sepultura.

Transcurrió un año triste y melancólico, y un atardecer, mientras el monarca paseaba por el bosque, se perdió en la arboleda.

 La noche comenzó a cubrirlo todo con un manto de estrellas, y doce raros luceros comenzaron a rodearle a unos palmos del suelo. Enrique, angustiado, se dio cuenta de que eran los ojos de seis lobos hambrientos y echó mano de su espada, matando a tres de ellos. Pero el ataque no cesaba y las fuerzas del rey eran escasas y estaban ya agotadas.

Pero cuando las mandíbulas de uno de los lobos iban a hundirse en la carne del monarca, un extraño grito, casi inhumano, resonó entre los árboles. Espantados, los lobos abandonaron a la presa y huyeron. De la oscuridad emergió una dama cuyo rostro, de enorme belleza, aparecía contraído por el dolor… No hablo ni una palabra. Solo emergía de su pecho un extraño gemido.

El rey reconoció pronto a la misteriosa joven de la catedral, avanzó hacia ella y le tendió los brazos, pero la dama lo detuvo con una amarga sonrisa dibujada en su rostro, hablándole por vez primera:

– «Te amo porque eres noble y generoso; en ti amé el recuerdo gallardo y heroico de Fernán González y el Cid. Pero no puedo ofrecerte ya mi amor. Sacrificate como yo lo hago…»

Y tras pronunciar estas palabras, cayó muerta la joven a los pies del monarca.

El papamoscas, un autómata fallido

Roto el rey de dolor, regresó a la ciudad y decidido a recordar para siempre el amor de la bella joven contrató a un artista árabe y le ordeno que construyese una figura para el reloj veneciano que iba a colocar en la catedral, exigiendo que la figura emitiese, con cada campanada, un grito que le recordara al que lanzó la joven cuando lo vio rodeado por los lobos.

También pidió al artista que el reloj repitiera las apasionadas frases que le había dedicado la joven dama, pero el artífice del mecanismo tuvo que desistir en este último encargo por considerarlo imposible.

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El papamoscas de la catedral de Burgos, símbolo y leyenda (La vuelta al mundo en 80 mitos)

Y el primero, por lo que se ve, tampoco se llevó a cabo con excesiva exactitud, porque ubicado en el ventanal izquierdo del primer compartimento de la bóveda de la nave central  (según se accede por la puerta de Santa María), aún puede verse a la figura, que con un rostro mefistofélico empuña la cadena del badajo de una campana. Cada hora en punto se accionaba un mecanismo que movía el brazo que provoca las campanadas, mientras el autómata emitía un terrible graznido, tan desagradable que hace años que se optó por omitir el sonido que asustaba a los niños y espantaba a las damas.

Desde entonces, la figura abre y cierra la boca cada hora al compás de las campanas, por lo que acabó siendo conocido como el “Papamoscas”, un pájaro que mantiene la boca abierta esperando que las moscas entren en ella.

Como nosotros cada vez que escuchamos esta leyenda.

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