Barahona de las Brujas

 

Llegar a Barahona es entrar en el pueblo de las brujas. Y sus 170 habitantes lo saben. Numerosos carteles dan fe de que los vecinos han optado sabiamente por asumir esa parte de la historia que hace grande a este  pequeño pueblo soriano.

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Parques brujeriles donde juegan los niños, fuentes nigrománticas, lavaderos hechiceriles… No falta ningún ingrediente para que la pócima funcione. Y es que Barahona era, junto a Cernégula, y según la tradición, lugar de reunión de las brujas de medio país, incluidas las extremeñas, que aunque lejanas, no tardaban mucho en acercarse volando a golpe de escoba.

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Al margen de las brujas que allí se reunían, Barahona también tenía hechiceras autóctonas, como lo atestiguan dos procesos de 1527,  custodiados en el archivo diocesano de Cuenca, contra Quiteria Morillas de Sacedón y Francisca “La ansarona”, señora con nombre de bruja donde las haya.

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Pero lo mejor está en las afueras, porque  lo que de verdad hemos venido a buscar es  una curiosa roca, la piedra de las brujas, que marca el lugar de reunión donde las discípulas de Belcebú celebraban sus aquelarres.

Más  conocida como el confesionario de las brujas, esta piedra caliza en cuyo centro hay un  orificio natural de  unos quince centímetros de diámetro es donde cuenta la tradición que las brujas,  arrodilladas, confesaban al maligno sus maldades,  y donde “el Rey del Mal y espíritu de Satanás” penitenciaba a sus súbditos y seguidores.  En su parte superior tiene una cruz grabada con la que los vecinos intentaron sacralizarla.

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Pero el confesionario no es el único lugar en las afueras digno de ser visitado. En la otra parte del pueblo nos encontramos con el Campo de las Brujas y sus pozos airones. Airón es el nombre de un dios prerromano relacionado con las aguas y con el inframundo, y por toda la geografía ibérica estos pozos airones se encuentran envueltos en leyendas, como la que afirma que no tienen fondo y que cualquier persona, animal o cosa que se caiga en ellos no volverá a ser visto jamás.

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El Campo de las Brujas es un páramo de caliza conocido con karst en el que las aguas penetran en la roca horadándola lentamente por dentro y construyendo una red de galerías subterráneas, formando simas y dolinas. Estas últimas, también llamadas  torcas,  pueden ser de embudo, como los pozos airones de Barahona, y aparecen de la noche a la mañana sorprendiendo a los anonadados vecinos.

Así, los lugareños no dudaban en atribuir su aparición a las maléficas artes de las brujas, que los formaban nada más y nada menos que a culazos, al aterrizar con sus escobas en el suelo, ya que se creía  “que su carne tenía la dureza de una maza de hierro para mejor apetencia del Macho Cabrío”.

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Difícil es quitarse la imagen de esas brujas dando con el culo en tierra y haciendo agujeros extraños por los que el agua desaparece como si no tuvieran fondo, pero más difícil es abandonar este pueblo que ha sabido hacer de su mala fama virtud y de su leyenda futuro.

Barahona hechiza hoy más que nunca.

 

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