La bruja del Palacio de la Inquisición

 

El Museo Histórico de Cartagena de Indias presume de portada pétrea en la mismísima plaza de Bolívar, pero nadie ha olvidado que hace años, cuando el lugar era la Plaza Mayor , el blanco edificio tenía otro uso menos lúdico: era el Palacio de la Inquisición.

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Dentro, además del museo, se encuentra también el archivo histórico y la Academia de Historia, aunque lo que a nosotros nos interesa hoy se encuentra en la planta baja: La Sala de la Inquisición, donde vamos a nos encontramos con los “otros”, con los perseguidos. Y entre ellos destaca sin duda Paula de Eguiluz, una mulata que vivió en la Cartagena del siglo XVII y que fue acusada de brujería.

Su historia es azarosa, como muchas en aquella época. Esclava nacida en Santo Domingo va recorriendo el caribe de amo en amo, y termina recalando en Cartagena de Indias. Tan pronto como desembarca es llevada a las cárceles del Santo Oficio, porque varios testigos de La Habana y de Santiago, donde ella había residido anteriormente, testimonian en su contra.

Las acusaciones hacia ella abarcan todos los palos de la brujería. La acusan, entre otras cosas, de chupar el ombligo de una criatura, poseer el don de la ubicuidad gracias al pacto con el demonio, exhumar fragmentos de huesos de muerto en el coro de la iglesia mayor con el fin de preparar pócimas, ser bruja y herbolaria, y de hacer amuletos para el bien querer. Con estos mimbres se inicia su primer proceso, que por desgracia para ella no sería el último.

Pero Paula, bruja o no, no está sola. Se dice de Isabel Hernández una discípula suya , que chupa a una niña por las narices y la mata. María Cacheo, otra sentenciada, confiesa catorce asesinatos, el último de una niña menor de un año, “chupándola por las narices”. La misma acusación recibe uno de los pocos hombres acusados por la Inquisición, Antón Carabalí, quien confiesa hasta ciento dos muertes, casi todas efectuadas a través de este extraño procedimiento.

Adentrarse en estas paredes centenarias es un lujo a la luz del sol. Pero por la noche, cuando las sombras abrazan los muros y reptan sobre los instrumentos de tortura, hay quien afirma que se ven espectros inquisitoriales que pasean sus hábitos fantasmales por el palacio. Y se escuchan gritos y cadenas que arrastran, como las que llevaron los esclavos hace cientos de años, y las puertas se abren solas como si quisieran comunican el pasado y el presente. Y se cierran de repente como intentando ocultar a los ojos extraños el dolor que hace siglos habitó en sus paredes.

 

 

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